Era en el extremo del gran dique de Cabourg hacia el puerto de los yates. En la playa, el niño hacía volar una cometa china, como en L´Eté 80. Este niño no se movía del lugar en que estaba. A su alrededor, otros niños jugaban a la pelota. Estábamos bastante lejos, en la terraza. Hacía viento y atardecía. El niño no se movía, hasta el punto en que empezábamos a encontrar su inmovilidad insoportable, y después dolorosa. A fuerza de escrutar, de escrutarlo, de socavar su imagen, vimos lo que había. El niño tenía las dos piernas paralizadas, delgadas como bastones. Alguien había de pasar a buscarle sin duda. Había niños que ya se iban. El niño continuaba jugando con la cometa. A veces uno dice voy a suicidarme y luego continúa el libro. Alguien debió ir a recoger al niño antes de que anocheciera. La cometa en el cielo señalaba el lugar donde se encontraba, nadie podía perderse.De "La vida material", Marguerite Duras
