jueves, 3 de marzo de 2011

Conexión invisible






Rondal Partridge
William Gedney
Ingar Krauss

16 comentarios:

vera eikon dijo...

Qué lindas fotos Say!!! Aunque hoy hecho de menos tus letras (supongo que no siempre puedes ser)

Besos

emmagunst dijo...

muy bonitas y llenas de ternura! los mejores recuerdo y una gran amistad tuve con mi perro Simón. Un collie blanco y negro, dormíamos juntos, él apoyaba la cabeza en la almohada como yo, pero no le gustaba que le respire en la cara y me daba la espalda. Comía chicles conmigo y yo he llegado a comer su comida (comida para perros) cuand él no quería -porque estaba enfermo- y así, al verme, hacía un esfuerzo, lo hacía por mí. Estuve con él hasta su última respiración. Pasaron 10 años.

Los Escritos Vuelan dijo...

todo tiene que ver con todo
muy bellas fotos

Say dijo...

vera,
hoy me siento así...como cuando en la infancia estábamos desoladas y recurríamos a los animales de casa. Ahora también recurro a ellos apretándolos contra mí...para sentirlos...de animal a animal...sin palabras.

Un beso

Say dijo...

emma,
cuando mi perra Lina, la que me acompañó toda la infancia, murió, lloré como jamás había llorado. Con mis padres fuimos a enterrarla bajo un olivo (en una pequeña tierra de olivos de la familia). Yo no quería luego irme de allí, no quería dejarla sola. Se hizo de noche y yo cabezona, no quería irme. Mi padre me tuvo que arrastrar por todo el campo, mientras yo lloraba y me deshacía de sus manos, y volvía otra vez a la tumba de Lina...hasta que llegamos a casa, ya era noche por todo el mundo...

Say dijo...

Los Escritos Vuelan,
con los animales tenemos mucho que ver,por eso podemos seguir viviendo en este mundo.

Como dice emma, hay una simbiosis profunda que se crea entre nosotros y los animales que viven a nuestro lado...vivimos la misma vida, compartimos su y nuestro dolor...y la conexión es natural e intensa.

Stalker dijo...

Say,

es tan delicado que expreses así un estado de ánimo...

cuando la sombra se cierne sobre nuestro cotidiano, recurrir a aquel niño y a aquel animal de nuestra infancia, pedirles consejo, demorarnos en la atención con la que acariciaban el mundo...

Es curioso cómo una biografía puede ser una zoografía: el tránsito de los animales que pasaron por nuestra vida, las huellas que dejaron en nuestra arcilla balbuciente, la infinita complicidad, la ternura. Cómo la mirada de un perro, de un gato, pudo salvarnos, y para siempre.

Quizá resulte exagerado, pero siento que quien nunca ha compartido su tiempo, su respiración, incluso su cama (o su comida: ¡admirable Emma!) con un animal, no conoce la verdadera vida y se resigna a una forma espectral de existencia.

Siento también una profunda desconfianza instintiva a quien tiene miedo o recela de los perros: nunca diálogo, ni piel, nunca temblor compartido, nunca ahí.

Perros, gatos, todos me enseñaron cosas que no se pueden contar, imposibles de restituir a su fuente, y que sin embargo se traducen en mínimos gestos, hormiguean bajo la erguida fachada civilizatoria, revelan la fragilidad mamífera, el ancestral miedo compartido, la soledad que entre todos vamos siendo.

Y aprender a sobrellevar su muerte es una de las primeras heridas que se incrustan en la mente, en el cuerpo, en nuestras manos definitivamente huérfanas de ellos...

Tu entrada entra y toca, Say, en muchos niveles.

Deseo que los animales de tu vida te cuiden estos días. Sé que lo hacen,

abrazo

camino roque dijo...

qué bello todo y qué delicia la primera imagen!

Maia dijo...

Hermoso, amo los animales. Cuando sea grande quiero tener una granja y muchos caballos y perros moviendo la cola. Por ahora me conformo con mi gata hacíendome masajes en la espalda.

Say dijo...

Stalker,
en nuestra zoografía aparece una parte intraducible de lo que somos. Los animales nos dieron la
mejor pauta de comportamiento, no nuestros padres, ni educadores, ni vecinos…

Cuando Lina murió yo tenía 9 años. Era la primera vez que una muerte me producía esa sensación de
pérdida tan desesperada. Con Lina íbamos a un solar que había detrás de casa, allí siempre había perros
sin dueño con los que jugábamos. Éramos muy callejeras las dos. El día después de su muerte fui al
solar a “decirles” y a buscar consuelo con ellos. Ese día no podía jugar, sólo tocaba a los perros llorando.

Al volver a casa uno de los
perros me siguió, era la primera vez que lo hacía, yo lo metí en casa y mis padres me dijeron que ni hablar, que no querían más perros. Al final se quedó. Lo llamé Nemo porque era muy serio y me recordaba al capitan de Verne. Su alias era Napoleón, porque cada vez que se paraba, colocaba su pata delantera en el pecho, igual que Napoleón, por alguna herida que tuvo durante sus correrías. Cuando mi hermana lo vió hacer eso, fue la que dijo: mira, si parece Napoleón. Me lo llevé al olivo para que lo viera Lina,
enterré junto a ella la pelota de goma, que le encantaba que le lanzase, y mi cartera del cole. Cuando llegaba de vuelta del colegio, con una alegría escandolosa, la agarraba con los dientes ¡con lo que pesaba! para llevarla a mi cuarto.

Nemo me ayudó a salir de la tristeza de no poder ver a Lina.

Los animales, el amor y la imaginación son lo único que puede ayudarnos a sobrevivir en este atolladero humano en el que hemos caído.

Un fuerte abrazo

Say dijo...

camino roque,
es precioso ese ensimismamiento atento de los dos.

Say dijo...

Maia,
yo también querría estar en un campo inmenso lleno de animales felices. Yo una más entre ellos.

Curiyú dijo...

Palabras sobran.

Say dijo...

Curiyú,
guau, guau, un arrullo y un beso.

Sonja dijo...

Por alguna razón a todos los niños les encantan los animales...en mi caso nunca me dejaron tener, fue una gran frustración y ahora que tengo una cobaya (porque la otra murió y sí lo pasé mal) me pregunto si es justo tenerlos a nuestro lado, no se, quizás preferirían vivir menos brincando en la pradera que en una casa.
Claro que los perros y gatos es diferente, se han adaptado al ser humano supongo.

Es muy conmovedora tu historia con Lina, la verdad es que te envidio por eso, aunque tuvieras que sufrir.

Say dijo...

Sonja,
para un niño un animal es el mejor regalo que puede darle la vida. Animales de campo o animales de casa, como los perros y los gatos. Ellos se adaptan bien, nos parecemos y somos felices acompañándonos. Los otros animales tienen que estar libres, en su medio natural. Por eso los zoológicos no me gustan. Aunque nos den opotunidad de ver animales salvajes de cerca, es doloroso. Los humanos los han metido en cárceles, siendo ellos inocentes de todo.

Cuando puedas, algún día, tener un perro o un gato, verás lo emocionante que es. Se les quiere tanto que cuando faltan es muy, muy duro. Pero lo que has vivido con ellos nos queda dentro para siempre.