jueves, 25 de marzo de 2010

Aprendiendo a vivir


Sin aviso

Tantas cosas que yo no sabía. Nunca me habían hablado, por ejemplo, de este sol duro de las tres. Tampoco me habían avisado de este ritmo tan seco de vivir, de estos martillazos de polvo. Iba a doler, me habían prevenido vagamente. Pero lo que viene a mi esperanza desde el horizonte, que al acercarse se rebela abriendo sus alas de águila sobre mí, eso no lo sabía. No sabía lo que es ser oscurecida por las grandes alas abiertas y amenazantes, un agudo pico de águila inclinado sobre mí y riendo. Y cuando en los álbumes de adolescente yo respondía con orgullo que no creía en el amor era cuando más amaba; todo eso tuve que saberlo sola. Tampoco sabía lo que trae mentir. Empecé a mentir por precaución, y nadie me avisó del peligro de ser tan precavida; porque desde entonces la mentira nunca más se despegó de mi. Y tanto mentí que empecé a mentir hasta de mi propia mentira. Y eso –aturdida ya lo sentía -, eso era decir la verdad hasta que me degradé tanto que la mentira la decía desnuda, simple, corta: yo decía la verdad en bruto.

“Aprendiendo a vivir. Y otras crónicas” Clarice Lispector
Ed. Siruela

2 comentarios:

Sonja dijo...

Opino que el mundo hay que fabricarlo uno mismo, si se espera sentados a que se desvele ante los ojos eso nunca sucede, y siempre hay algo peor que ver, uno mismo debe ir haciendo su mundo a su medida, da igual lo que vea por el camino, no debe olvidar quien es y seguir su instinto de orientación, es la única forma supongo de estar bien incluso cuando se está mal.
Supongo que contemplación y acción deben existir en su justa medida, si lo primero se da en exceso puede suponer un exceso de asimilación fagocitante de la propia identidad.

Say dijo...

Sonja,
llevas razón. El ser comtemplativo tiende a la intronspección y al solipsismo, entrando en una dinámica de angustia e intensidad vital difícil de llevar. Y, es verdad, lo que dices: si acción y comtemplación no están en proporción, la vida se convierte un mar demasiado turbulento.

El mundo se fabrica en uno mismo por las experiencias y las circunstancias de su propia vida. Por ejemplo, lo que subyace del texto de C.Lispector, su mundo, el mundo, se le hace tan extremo que con la misma intensidad y dolor, lo vive:
"He pagado siempre y ahora ya no quiero. Siento que tengo que ir hacia un lado o hacia el otro. O desistir: llevar una vida más humilde de espíritu, o entonces desistir de otra cosa, no se donde encontrar la tarea, la dulzura, esa cosa. Soy adicta a vivir en esa extrema intensidad. La hora de escribir es el reflejo de una situación muy mía. Es cuando siento un mayor desamparo”.
Son sus propias palabras.