Nadie fatiga a la brisa, ni al rumbo de las lágrimas que cumplen el ciclo del agua, como una declaración constante de la eternidad que fluye de las cosas. Hay una ironía de siglos, una dinastía de ausencias, una ciudad de vientos irreales que se precipitan en la vigilia del tiempo. Y las heridas de la vida son un privilegio oscuro, una desgana tenue en los confines del espejo, habitados por un sueño de espadas y jazmines. Los objetos familiares nos abandonan. Indecisos, se arrojan a un destino que huye de los relojes y las enciclopedias. Con lento amor nos cuentan su historia insignificante; nos hablan de penas antiguas y de silencios hechizados de presentes y abismos. Pienso en cómo un jaguar se encaramó un día en un verso, para contemplar el rastro insensato de un alba frente al mar. Pienso en la precisión de un cuerpo putrefacto, despedazado de luz, cuyo rastro se borra por acción del olvido, pero que teje eternidades de sueños que vencen a los hielos de todos los inviernos...Beatriz Hernanz, de "La vigilia del tiempo"
Imagen de William Edward Parry

