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viernes, 8 de noviembre de 2013

Paisaje - Louise Glück


Pasó el tiempo, convirtiendo todo en hielo.
Bajo el hielo, el futuro se movió.
Si caías dentro, morías.

Fue una época
de espera, de acción suspendida.

Yo vivía en el presente, que era la parte
del futuro que se podía ver.
El pasado flotaba por encima de mi cabeza,
como el sol y la luna, visible pero inalcanzable.

Era un tiempo
gobernado por contradicciones, como si dijera,
No sentía nada y
Tenía miedo.

El invierno vaciaba los árboles y los llenaba de nuevo con nieve.
Porque no podía sentir, la nieve caía, el lago se congelaba.
Porque tenía miedo, me quedaba quieta,
mi aliento era blanco, una descripción del silencio.

Pasó el tiempo, y algo de él devenía en ésto.
Y algo de él simplemente se evaporaba,
podías verlo flotar por encima de los árboles blancos
formando partículas de hielo.

Te pasas la vida esperando el momento justo.
Pero el momento justo
sólo se rebela actuando.

Veía el pasado moverse, una línea de nubes moviéndose
de izquierda a derecha o de derecha a izquierda,
dependiendo del viento. Algunos días

no había viento. Las nubes parecían
quedarse en su sitio
como una pintura del mar, más inmóvil que real.

Algunos días el lago era una lámina de vidrio.
Debajo del cristal, el futuro emitía
sonidos graves, tentadores:
tenías que hacer un esfuerzo para no escucharlos.

Pasó el tiempo, tenías que verlo.
Los años que se llevó eran años de invierno,
nadie los extrañaría. Algunos días

no había nubes, como si
el origen del pasado se hubiera desvanecido. El mundo

era blanquecino, como un negativo; la luz
atravesándolo. Luego
la imagen esfumándose.

Por encima del mundo
había sólo azul, azul por todos lados".   

Louise Glück, Landscape, Averno

Imagen, Francesca Woodman 

miércoles, 30 de enero de 2013




Cosas fabulosas, las estrellas.

Cuando era niña sufría de insomnio.
En las noches de verano mis padres me dejaban ir a la orilla del lago
con el perro por compañía.

¿Dije "sufría"? Así explicaban mis padres
gustos a su juicio
inexplicables: mejor "sufría" que "prefería vivir con el perro".

Oscuridad. Un silencio que anulaba la mortalidad.
Los botes amarrados subían y bajaban.
Con la luna llena podía leer los nombres de chicas
pintados en las barcas:
Ruth,  Ann, Dulce Izzy, Mi amor Peggy.

No iban a ninguna parte, aquellas chicas.
No había nada
que aprender de ellas.

Extendía mi chaqueta en la arena húmeda,
el perro se acurrucaba junto a mí.
Mis padres no podían ver el ascenso en mi cabeza.
Cuando escribía, me corregían la ortografía.

Sonidos del lago. Los dulces e inhumanos
sonidos del agua azotando el muelle, el perro jadeando
por entre los juncos.  

Louise Glück, Averno

Imagen, Laura Makabresku

jueves, 15 de noviembre de 2012




RADIO

Cuando el verano acabase, mi hermana iba a ir a la escuela.
Nunca más quedarse en casa con los perros,
esperando que le llegase el momento. Nunca más
jugar a las cocinitas con mi madre. Se estaba haciendo mayor,
ya podía ir en coche con los padres que se turnaban para llevarnos.

Nadie quería quedarse en casa. La vida real
era el mundo: una descubría la radio,
bailaba la reina de los cisnes. Nada

justificaba a mi madre. Nada justificaba
dejar de lado la radio porque una advirtiera finalmente
que era más interesante hacer las camas,
tener hijas como mi hermana y yo.

Mi hermana vigilaba los árboles; las hojas
no cambiaban de color con suficiente rapidez. No cesaba de preguntar
¿ya era otoño, hacía suficiente frío?

Pero todavía era verano. Yo yacía en la cama,
escuchando la respiración de mi hermana.
Alcanzaba a ver su pelo rubio a la luz de la luna;
bajo la sábana blanca, su pequeño cuerpo de duende.

Sobre el escritorio podía ver mi nuevo cuaderno.
Estaba como mi cerebro: limpio, vacío. En seis meses
lo que estuviera escrito allí estaría también en mi cerebro.

Contemplaba el rostro de mi hermana, un lado enterrado en su oso de peluche.
La estaba guardando en mi cabeza, como un recuerdo,
como los hechos que figuran en un libro.

Yo no quería dormir. Nunca quería dormir
en esa época. Después no quería despertar. No quería
que las hojas cambiaran de color, que la noche cayera más temprano.
No quería amar mi ropa nueva, mi cuaderno.
Sabía lo que era: un soborno, una distracción.
Como la excitación del colegio: la verdad era
que el tiempo avanzaba en una dirección, como una ola alzando
la casa entera, entero el pueblo.

Encendí la luz para despertar a mi hermana.
Quería a mis padres despiertos y alerta; quería
que dejaran de mentir. Pero nadie despertó. Me senté en la cama
a leer mis mitos griegos, a la luz del velador.

Las noches eran frías, las hojas cayeron.
Mi hermana se había cansado del colegio, echaba de menos estar en casa.
Pero era demasiado tarde para volver, demasiado tarde para detenerse.
El verano había pasado, las noches eran oscuras. Los perros
usaban mantas de lana para salir.

Y después acabó el otoño, el año acabó.
Estábamos cambiando, crecíamos. Pero
no era algo que una decidiera hacer:
era algo que ocurría, que una
no podía controlar.

Pasaba el tiempo. El tiempo nos llevaba
cada vez más rápido hacia la puerta del laboratorio,
y después, al otro lado de la puerta, hacia el abismo, la oscuridad.
Mi madre revolvía la sopa. Las cebollas,
era un milagro, se volvían parte de las patatas. 
Louise Glück.  Las siete edades